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  • MARIANELY FIGUEROA

¿MURMULLOS?

Abro los ojos. Un día más. Qué raro, la casa está en total silencio. Al parecer, esta mañana transcurrirá en normalidad. No sé cuantos días llevaba sin escuchar ruidos al levantarme. Me levanto, me coloco en la orillita de la cama, soñoliento y vuelvo a escuchar los murmullos en la cocina. Me equivoqué. Ya decía que era demasiado extraño. Todos los días discuten y creen que no puedo escucharlos. Hay días que sus murmullos son tan altos que, aunque esté profundamente dormido, me despiertan. Me dirijo hacia la cocina y nada más entrar, dirigen su mirada hacia mí y detienen en seco su conversación.

Extraño tanto los días felices. Cuando podíamos sentarnos en la mesa a desayunar y no sentir este ambiente tenso que se siente ahora, este silencio que se vuelve cada vez más ensordecedor. Nadie habla, nadie se mira. El único sonido es el tintineo de platos y cubiertos mientras comemos. Cuando por fin habló alguien, fue mi mama preguntándonos si queríamos más. Decliné la oferta. Hay una vela sobre la mesa. Ni se agita. Mis padres están muy serios. Mi hermana está a mi lado y me mira buscando respuestas. Ella es menor que yo, y aunque lo sea y puede que no entienda ciertas cosas, sabe que no están bien y creo que le afecta más que a mí. Y me da coraje. Me da coraje que piensen que no nos afecta, que no nos damos cuenta.

A mí se me hace tan difícil estudiar, ya no puedo concentrarme bien. En ocasiones siento que mi corazón se acelera como si corriera un maratón y no entiendo por qué. Mi hermana me tranquiliza, es la única que puede hacerlo. No tiene que decirme ni una palabra para lograrlo, tan solo con estar ahí me conforta. Sofi casi no habla, últimamente le cuesta mucho hablar y expresarse. Pareciera como si al hacerlo, revelara un secreto que lleva enterrado muy dentro. A mis padres les preocupa mucho porque ya los maestros se han comunicado con ellos diciéndoles que no participa en clase. La Sra. Rodríguez dice que deberían llevarla al psicólogo para ver qué le pasa… y yo sé qué le pasa y sé que mis padres también. Si tan solo tuvieran más comunicación con nosotros y no nos mandaran al cuarto cada vez que tienen “conversaciones de adultos”, si tan solo dejaran de gritarse una vez nos pierden de vista, si tan solo dejaran de insultarse, sin tan solo… fueran nuestros padres.



Según un articulo publicado por el profesor Gordon Harold en la revista de psicología: “El desarrollo del niño” los menores que son expuestos al conflicto pueden generar y experimentar una mayor frecuencia cardiaca y tener desequilibrios en las hormonas relacionadas con el estrés.

En muchas ocasiones es posible que sufran retrasos en el desarrollo del cerebro, problemas de sueños, ansiedad, depresión & problemas de comportamiento. En muchos casos los chicos suelen experimentar problemas de comportamiento, sin embargo, puede que las niñas se vean más implicadas emocionalmente.

Se recalca que es importante enfrentar la situación de manera cuidadosa y explicárselo a los hijos. Dejarles saber que es normal tener desacuerdos. Asegura Harold, que suelen responder mejor cuando se aclaran las causas de la pelea y sus posibles formas de solucionarlas.

Evitemos ocasionar daños emocionales a nuestros niños. Busquemos la manera de resolver los problemas de manera efectiva, sin insultos, ni faltas de respeto. Recuerden que son un ejemplo para sus hijos y pueden desarrollar conductas aprendidas que, en un futuro, puede ocasionar situaciones muy lamentables.

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